Cuando mi padre enfermó de cáncer, para mí comenzó el maratón…
Como todo adolescente desconocía las teorías freudianas que afirman que el único Dios que conocemos en vida es el padre, pero algo había de sospechar porque me levantaba por la mañana y sabía que el resto del día sería vertiginoso, agotador, conométrico.
«El maratón», nombre con el que bauticé a mis días durante aquel último año de vida de mi progenitor, consistía en enfrentar minuto con minuto una cadena de supersticiones cotidianas, cual si sorteara obstaculos y ganara puntos en un videojuego.
Cuando Orlando, el chofer, me llevaba a la escuela, yo miraba algún semáforo y pensaba: «si logra cruzar la calle con la luz en verde… mi padre se salvará». Durante el recreo, jugando basketball, justo antes de lanzar la pelota al aro, pensaba: «Si logro encestarla, mi padre no morirá».
Incluso las calificaciones escolares entraban en aquel vertiginoso torneo de esperanza infantil. En la clase de Física competía siempre por el primer lugar con aquel niño presumido llamado Marco Tulio, ambos queríamos ser astrónomos y emular a Carl Sagan, incluso podíamos repetir de memoria pasajes enteros de la serie televisiva Cosmos. Por ello, un buen día me dije: Si logro ganarle a Marco Tulio en la boleta de final de mes, mi padre volverá a estar sano.
Fue así como además del maratón me involucré en una extenuante cruzada de estudio por convertirme en la lumbrera de la clase de Física. Coincidió aquello con que Martín, el maestro con afro (hermano prófugo de los Jackson five) nos encargó un trabajo que respondiera la misteriosa pregunta: «¿La luz tiene masa o la masa tiene luz?
Por las noches, saludaba a mi padre rapidamente y me entregaba a los libros… a veces lo miraba cabizbajo y cansado y le decía en silencio: «No te preocupes viejo, vas a estar bien, porque voy a ganarle al garnápido de Marco Tulio».
Y así fue… en efecto…. mi esfuerzo rindió resultados, porque después de numerosos exámenes fui calificado con un 10 redondo, mismo que fue promediado en la boleta ganando por cinco puntos a mi secreto competidor.
Retrofuga: Pero mi padre no mejoró, por el contrario, su estado se agravó y perdió el habla a causa de una dolorosa operación en la cuerdas vocales. Sus últimos días fueron de gran silencio, pero como buen escritor, nunca abandonó sus libretas de apuntes en donde se expresaba con el mismo ingenio que antes.
Según algunas teorías freudianas, ver morir al padre es igual que perder a Dios… creo que nunca he estado de acuerdo… porque «el maratón» aún continúa, sus causas evolucionaron y se diversificaron, dejaron atrás el pensamiento mágico infantil para transformarse en un motor dirigido a mil retos mas complejos. ¿Acaso en el fondo intento aún salvar a ese viejo periodista y escritor?
Retrofuga de amnesia: No lo sé… lo que sí tengo muy claro es que aún después de tantos años no logro recordar las conclusiones de aquel trabajo escolar de física: ¿La luz tiene masa o la masa tiene luz? A la vuelta de unos años encuentro un significado simbólico en aquel misterio, porque definitivamente mi luz y la de mi padre, una en el terreno físico y otra ya inmaterial, estarán unidas para siempre.